Van al mar
Viernes 02 - Abril 2010
La gente me deja biromes azules en la oficina. BIC o esas que regalan los marketing en los eventos, plateadas, gorditas con logo, lindas para ver pero que apenas sirven para escribir. No los culpo. Se llevan mis lapiceras de tinta negra, verde o naranja (uso muchos colores para disimular que casi no escribo en papel). O los resaltadores. Cualquiera diría que es un robo, pero yo prefiero verlo como un intercambio. Un flujo de material para dibujar letras en un lugar que vive de teclear. Haciendo justicia, a veces también queda alguna Coca Light. Tibia.
Apenas volví de las vacaciones, me dí con que no era el único al que le pasaba. Las biromes azules se apilan en otros escritorios. Y todavía me sentía acuático, así que mi mejor explicación pasó por las mareas.
El mar del sur que visitamos no tiene grandes olas, así que tuvimos un par de semanas para contemplar el agua vaciando y llenando las costas casi como una pileta. En las playas de Puerto Pirámide el mar sube y baja 8 o 9 metros, pero la pendiente de la costa es tan suave que la orilla avanza y retrocede en el día cientos de metros. Caminar a la tarde por el lecho del mar fue impresionante. Nos acordábamos de las historias de gente que se metió hacia adentro cuando el mar se retiró 5 cuadras antes del Tsunami. Guau, ¿viste esta piedra? No es una piedra, es un fósil de 10 millones de años.
¿Y las biromes? La luna da vueltas, el agua se extiende y recoge, empuja y arrastra. Filtra: lo que está vivo tiende a quedarse en su medio. En la playa permanece lo que no tiene energía vital para flotar y nadar, vistoso como un colchón de caracoles vacíos pero sin vida. Una muestra del fondo cerca de la superficie.
Aunque no todo lo que flota nada, más de una vez nos encontramos atajando bolsas de plástico entre los castillitos de arena. La basura liviana se mezcla con la vida.
Al norte del Océano Pacífico hay un vórtice formado por corrientes circulares que recorren la costa oeste norteamericana y la este asiática. Lo llaman Garbage Island, aunque no es una isla, o Great Pacific Garbage Patch. Ahí la basura plástica no encuentra orilla. Y se aglomera sobre un área que algunos aproximan a dos veces el tamaño de Texas. Busqué un poco, hice una cuenta y me dió algo como 1 millón de kilómetros cuadrados con 100 millones de toneladas de plástico en suspensión. Monstruoso. Pero esa es sólo la parte visible, la que descubrió Charles Moore en 1997 volviendo de una carrera por Asia. El plástico se degrada con la luz del sol cortándose una y otra vez en pedacitos más chicos hasta hacerse invisible al ojo. Superando al plancton en proporciones que van desde 6 a 1 hasta 1000 a 1. Yendo a parar al estomágo de las aves y los peces, a las tortugas y las aguas vivas, intoxicando.
No hay ninguna solución rápida. No es que podamos hacer desaparecer al plástico de un día para el otro de nuestras vidas. Menos del mar.
Apenas volví de las vacaciones, me dí con que no era el único al que le pasaba. Las biromes azules se apilan en otros escritorios. Y todavía me sentía acuático, así que mi mejor explicación pasó por las mareas.
El mar del sur que visitamos no tiene grandes olas, así que tuvimos un par de semanas para contemplar el agua vaciando y llenando las costas casi como una pileta. En las playas de Puerto Pirámide el mar sube y baja 8 o 9 metros, pero la pendiente de la costa es tan suave que la orilla avanza y retrocede en el día cientos de metros. Caminar a la tarde por el lecho del mar fue impresionante. Nos acordábamos de las historias de gente que se metió hacia adentro cuando el mar se retiró 5 cuadras antes del Tsunami. Guau, ¿viste esta piedra? No es una piedra, es un fósil de 10 millones de años.
¿Y las biromes? La luna da vueltas, el agua se extiende y recoge, empuja y arrastra. Filtra: lo que está vivo tiende a quedarse en su medio. En la playa permanece lo que no tiene energía vital para flotar y nadar, vistoso como un colchón de caracoles vacíos pero sin vida. Una muestra del fondo cerca de la superficie.
Aunque no todo lo que flota nada, más de una vez nos encontramos atajando bolsas de plástico entre los castillitos de arena. La basura liviana se mezcla con la vida.
Al norte del Océano Pacífico hay un vórtice formado por corrientes circulares que recorren la costa oeste norteamericana y la este asiática. Lo llaman Garbage Island, aunque no es una isla, o Great Pacific Garbage Patch. Ahí la basura plástica no encuentra orilla. Y se aglomera sobre un área que algunos aproximan a dos veces el tamaño de Texas. Busqué un poco, hice una cuenta y me dió algo como 1 millón de kilómetros cuadrados con 100 millones de toneladas de plástico en suspensión. Monstruoso. Pero esa es sólo la parte visible, la que descubrió Charles Moore en 1997 volviendo de una carrera por Asia. El plástico se degrada con la luz del sol cortándose una y otra vez en pedacitos más chicos hasta hacerse invisible al ojo. Superando al plancton en proporciones que van desde 6 a 1 hasta 1000 a 1. Yendo a parar al estomágo de las aves y los peces, a las tortugas y las aguas vivas, intoxicando.
No hay ninguna solución rápida. No es que podamos hacer desaparecer al plástico de un día para el otro de nuestras vidas. Menos del mar.



