Tu Primera Vez | La Realidad Inmersiva | Take Things From | Qué Hace Que El Mito Principal De Avatar Sea Popular | Mesías | Final Feliz
Avatar es una experiencia extraordinaria. Tal vez no exactamente por todos los ángulos desde donde se la pueda experimentar. La historia central para algunos no lo es, es más, se sintieron insultados por su simplicidad. Diantres Batman, el mundo está lleno de exigentes. Pero, ¿qué fue central en tu primera vez? ¿El in-out que todos conocen, más o menos, de las mismas maneras? O …
Avatar me hizo sentir esa mezcla de fascinación por un mundo nuevo, éxtasis y después melancolía por la pérdida de algo que no podés racionalizar por completo. Si tengo que comparar dentro de lo sensorial fabricado, sin orden ni justicia, diría: el atardecer de Tatooine, el viejo Ben activando el arma para tiempos más nobles, Pink Floyd con auriculares, el holograma de un tablero de ajedrez en laser rojo rubí, la grabación de la voz del Coronel Kurtz, Bowman trotando, Cirque Du Soleil en el IMAX, los primeros 15′ de Matrix.
La iniciación es también una forma de muerte. Nada será igual, James Cameron finalmente rompió la membrana entre cine de animación y cine con actores reales y efectos especiales. La noche bioiluminada y las montañas superconductoras flotantes se sienten reales. La primera realidad inmersiva visual. Supongo que con un break even también extraordinario de 500 millones de dólares, no habrá habido lugar para elecciones heroicas de argumento como las de Miyazaki o valientes como las de Pixar: tenía que ser 100% popular. Y esa es la tierra de los mitos.
It’s not where you take things from – it’s where you take them to.
Jean-Luc Godard
Un mito es una historia dada por hecho dentro de otra historia más grande. Funciona como un troyano al revés: primero te comprás lo malo de aceptar algunos regalos grandes, los soldados de elite escondidos que van a arrasar tu ciudad (y tu jardín primitivo), y después no te importa la historia más grande, si vienen de contrabando en un caballo de madera gigante, en jarrones de aceite como en Las Mil y Una Noches o en un Halcón Milenario. Como que cada vez que hago zapping y me encuentro con Rocky o El Padrino, no puedo dejar de verlas.
Así que viene mi otra fascinación: ¿qué hace que el mito principal de Avatar sea popular? No hablo del mito de la Naturaleza Sabia, que es una forma de Dios, con fines inescrutables y medios tan incomprensibles como los exterminios masivos (hasta de especies) por terremotos, sequías, inundaciones, glaciaciones, erupciones, huracanes, tsunamis, pestes y plagas. (Uf, el humano egocéntrico.) Tampoco de Gaia y un mundo completamente orgánico e interconectado. (Aunque me estoy dejando crecer una trenza.) Tampoco del mito del Pequeño que voltea al Invencible aprovechando una debilidad invisible para su soberbia, una puerta lateral (chiquita como para pequeños), con una honda como David o atacando desde arriba montado sobre un Turok, o con una flecha en el talón de Aquiles o un par de misiles por los ductos de la Estrella de la Muerte, rope a dope en Zaire, goles en la lluvia torrencial o dobles volando por el aire en el fuego del último (último) dígito del tablero gigante del estadio. Tampoco el Buen Salvaje, Las Nobles Bestias, La Ciencia Racional ciega a la emoción humana, La Milicia Buena pero con Líderes Malos, el Ceniciento con un ADN como zapatito de cristal, ni siquiera la Bella de una Nobleza Confortable que mata a su platónico Padre (oops, sin querer) para amar sexualmente a La Bestia (que necesariamente no era tan bestia como aparentaba, vamos, hasta se casa seguro y se lleva bien con la suegra). ¿Entonces cuál?
Hasta las más exaltadas vocaciones intelectuales ofrecen la opción seductora de una perezosa línea mental de ensamblaje. Que no se apodere de nosotros.
La paradoja de la sabiduría – Elkhonon Goldberg (una advertencia que doy tarde para los asimiladores incansables de lo nuevo a lo viejo).
El mito del Mesías, muy inscripto en el monomito del Héroe de las Mil Caras de Joseph Campbell, pero con acentos propios. Un héroe dentro de su mundo ordinario recibe una llamada extraordinaria, tal vez no responda instantáneamente, se puede hacer el distraído por un tiempo, hasta que le mandan las señales en un celular por FedEx, se convence para meterse en el mundo nuevo por algún motivo racional (utilidad, esas cosas), cruza la puerta y se termina sumergiendo de cabeza en lo extraño, sus valores cambian, lo orienta alguien (un maestro, un animal o generalmente, si es hombre, una mujer excepcional -Jung diría que su mamá-), tiene enemigos, boicoteadores, no importan, su fiel compañer@ lo ayuda a enfrentar y superar un conjunto de pruebas preparatorias, atraviesa su iniciación (una experiencia de muerte), vive, se transforma y vuelve con las manos llenas de sorpresas que cayeron de la piñata que rompió.
El Mesías muestra algunas particularidades. Tiene señales visibles de ser un Elegido, eso le abre camino, es un natural, lo suyo no es tanto producto del esfuerzo como de la predestinación, se nace así. Diría que tiene una afinidad genética con el mundo nuevo y el mundo se lo demuestra, dejándolo adentrarse más y más. Está condenado al éxito. Sobresale como el mejor en las pruebas preparatorias, validando lo que aparece intuitivamente como un derecho natural a ser el rey. Y cuando vuelve, lidera un ejército contra su mundo de origen. Traiciona pero, por amor, avisa primero dando una opción para evitar enfrentamientos.
Dave Brooks, en el New York Times, lo llama el complejo del Mesías Blanco. Lo veo más genérico. Nuestra cultura es muy amiga de visualizar los cambios como venidos de un Ovni. Nunca generados desde adentro, el Mesías es extranjero, no puede ser el vecino de al lado. Lo hace popular un profeta de otra tierra, cuanto más lejana, mejor. Y la revelación baja del cielo, a nivelarnos, hay que buscar señales encriptadas para saber cuando mover las cajas de un lugar a otro. Más vale alinearse a tiempo que terminar mendigando entradas para el arca bajo la lluvia.
En el mundo real es probable que este mito alimente figuras como las de Lawrence de Arabia, José de San Martín o el mismo Che Guevara (todos de formación intelectual o estratégica superior que reniegan de su cuna para liderar revoluciones libertadoras en pueblos menos avanzados). En el cine podemos rastrear Mesías en Duna (el que está dormido debe despertar), Robin Hood, Stitch (y Lilo), El Último Samurai (con el bobo de Tom Cruise explicándole la batalla de Termópilas al clan de samurais), Danza con Lobos (con un anti-héroe sensible y especial), Matrix (obvio) y por qué no en Harry Potter, un chico predestinado a la varita mágica como ninguno. Si escarbamos un poco, vamos a seguir encontrando ejemplos, porque al mito del Mesías se lo lleva en el corazón, no importa la historia por encima. Por eso funcionan todas.
Tal vez sea algo igual, cultural, lo que mueva a nuestra sociedad a buscar dictadores benignos nuevos, decididos, muy poco orgánicos, deslumbrantes, encontrando siempre, por desgracia, de la variedad maligna. El cine tiene la posibilidad de imaginar un final feliz para sus historias.