5digoS
Mantra Inseguridad | Estadísticas | Emoción | Cormac McCarthy | Samizdat Masivo | Cara O Cruz
La idea se me apareció como una ironía. Me desperté en medio de una conversación de mediodía con compañeros de trabajo, en una parrilla de barrio, con mesas y sillas de plástico y cubiertos envueltos en servilletas de papel. El sol se colaba entre los árboles, hacía calor. No suelo dormirme en horario de trabajo, pero el murmullo de la grasa de carne barata evaporándose sobre las brasas y la repetición monótona del mantra inseguridad habían podido conmigo. Me espabilé y dije: «el problema no es el crimen, ¡el problema es que el crimen está desorganizado! Hay que volver a lo natural, necesitamos códigos, una mafia estructurada y predecible. Si voy a pagar 10% por protección, ok, que sea el 10% o el 15%, pero recibo un servicio. ¿Quién se quejó alguna vez del derecho de pernada? ».
La mesa se rió, a veces tengo ese efecto. Creo que la carne estuvo dura esa vez, esto en Belgrano R no pasaba. Ahí hay manteles de tela pero el plato se paga el doble. Con la ironía no se construye nada, me dije y seguí pensando.
Según estadísticas norteamericanas, 24% de los hombres que fuman pueden esperar el desarrollo de cáncer durante su tiempo de expectativa de vida.
World Health Organization (OMS).
Si hay algo que no tienen las estadísticas es emoción. Las probabilidades no emocionan, los casos particulares sí. Un vecino que se ganó la Lotería. Un padre que se murió de cáncer de pulmón. ¿Dejarías de comprar un billete por razonar que tu probabilidad es menor a 1 en un millón? ¿Dejarías de fumar? Un número no te desalienta en la euforia ni te consuela en el dolor. La estadística sirve para la planificación social, para estudiar la tendencia de una población pero no para un individuo. Un caso particular.
A través de los casos, hay personas que ven rostros en los números de la inseguridad (se pide seguridad, no protección), ven un mal que puede ser identificado, rotulado, personificado y extirpado, o al menos encapsulado (¿con un muro?), como un tumor. El mal. Si hasta para el demonio de la Biblia hay exorcismo. Y después el huesped queda comiendo helado como si le hubieran sacado las amígdalas.
También estamos los que vemos correlación directa entre esos mismos números y los de la pobreza y la desigualdad (medida como se la mida), una cuestión estructural. Sin embargo vuelvo a los casos, siento que unos y otros estamos sólo en la superficie del problema: nadie le encuentra lógica a esta forma particular del mal. Robar es una cosa, dice uno que guiña el ojo, ¿pero destrozarle la cabeza a martillazos a la viejita?¿Para qué?
Chigurh la observó, el mentón apoyado en una mano. Muy bien, dijo. Es todo lo que puedo hacer. Estiró la pierna y hurgó en su bolsillo y sacó varias monedas y cogió una y la sostuvo en alto. Para que ella viera que era justo. La sostuvo entre el pulgar y el índice y la sopesó y luego la lanzó al aire y la cazó al vuelo, la plantó sobre la cara externa de su muñeca. Diga, dijo.
No es país para viejos- Cormac McCarthy.
Me cuesta hablar de la democratización del mal. En la cara de la luz el samizdat masivo: cada individuo más cerca de ser su propia imprenta, su propia discográfica, su propio canal de televisión, radio o diario. Su propio logo en la remera. Sin censura ni filtros previos, llegando a todos con las mismas herramientas que antes tenían muy pocos. La belleza de una diversidad sin límites, con espacio para los sentimientos y las lógicas de todo el mundo. Sin mayorías y minorías. Sin la necesidad de un concepto universal único en el que tengamos que encajar. Obligatoriamente.
¿Cuál es la otra cara? No creo que la locura ordinaria haya crecido en proporción. Sólo se democratizaron sus posibilidades de manifestación. Se popularizaron los medios, se hizo más visible. Cada persona está más cerca de ser su propia legislatura, su propia justicia, su propio ejército, religión o cultura. Su propia nación en busca de reconocimiento mundial.
La paranoia del siglo pasado eran las armas de destrucción masiva. El mal estaba allá afuera. Un presidente que aprieta el botón rojo. Los misiles nucleares, las armas químicas, los virus de diseño. Un conflicto entre poblaciones. Intentamos entender la motivación de un país para invadir o bombardear a otro, la de una etnia para exterminar convencionalmente a la del lado. ¿Acaso nos pudimos responder los para qué? ¿Existen lógicas como las del mercado o son pulsiones de muerte? Fracasamos en esa escala, seguimos sin entender cómo una población, en apariencia noble y trabajadora, se hace perversa en un click como para perpetrar genocidios.
Y ahora es peor, se nos aparece el mismo monstruo, no a miles de kilómetros sino dando vuelta a la esquina. Más rápido, con menos tiempo para la reacción. Las preguntas son las mismas pero el riesgo está más cerca, es un conflicto entre individuos tan fuertes como poblaciones, parece estar a un pasillo de distancia, pared de por medio, contagia por contacto, entonces intentamos decodificar la motivación de nuestro vecino, su lógica, su pulsión. De esto habla la gente, de esto hablan las películas. No es que falten códigos, se atomizaron, son demasiados. Hay tantos y son tan distintos y complejos como las personas. Y con un problema mayor: todos somos los vecinos de otros y cada vez somos más. Muchos más y al final, resolver cada caso es casi lo mismo que tirar una moneda al aire y esperar el resultado. Cara o seca.


