El sabor del molde

Domingo 01 - Junio 2008

3 Hamburguesas En Línea| Lo Comestible Y Lo Incomible| La comida procesada| La Comida Del Espacio

Las semillas de sésamo se esparcen sobre el pan de hamburguesa como estrellas en el cielo de la noche. Estoy inspirado, pura poesía barata para subtes. Mañana de sol, Malabia, escalera no-mecánica, hace unos instantes el aire se calentó y enrareció cuando descendí a esta oscuridad. Línea B. Los carteles iluminados por dentro separan los andenes, parecen flotar; los mismos carteles de todos los días, no tanto. Traicioné a la Ingrid de siempre en ropa interior (no le hace frío), ignoré los pedidos de Ayudín para conectase conmigo por bluetooth y cambiar el mundo, y caminé un poco más que de costumbre, hacia la novedad soleada, amarillo-anaranjada: el anuncio de las BK Stacker. No fue la otra carne lo que me atrajo sino la serie, las 3 hamburguesas en línea, ordenadas por fuera y desordenadas por dentro. Se me ocurrió a mi solito lo de las estrellas de sésamo en las tapas de los panes y me dió por contemplarlas. Las constelaciones son iguales, idénticas. En cada pan las mismas semillas de sésamo en el mismo lugar. Reconozco que soy un tanto obsesivo. Todavía no reconozco que un tanto pueda ser mucho, ni siquiera que esto pueda ser un defecto. Pero, ¿por qué alguien introduciría esta repetición en la foto donde naturalmente no se encuentra? ¿Por el mismo motivo que se retoca digitalmente la imagen de Ingrid (poco, quiero suponer que poco), porque lo simétrico nos resulta bello?

No todo lo potencialmente comestible se considera comida y este proceso varía de una cultura a otra, estableciendo reglas y tabúes en función de lo comestible y lo incomible.[…]comer es mucho más que satisfacer la necesidad biológica de hambre.
Alimentación, salud y pobreza- Alicia Cattáneo.

La comida procesada mantiene una calidad estable, cada pieza luce exactamente igual a cualquier otra; es predecible desde los componentes hasta el gusto, el olor, los colores y la forma. La forma del molde. Una tableta con cuadraditos de chocolate, galletitas triangulares, papas fritas prensadas e iguales entre sí. Nos fuimos acostumbrando a lo fabricado en serie. No sé qué papel juegue la simetría en la aceptación de una comida. En el mundo chic, el puré se sirve con forma de cilindro y se filetean las verduras. Pero hay algo sobre lo que no puedo avanzar, algo que me resulta perturbador en la imagen de un grupo de idénticos. Imaginarme un cajón con kilos de manzanas rojas iguales, exactamente iguales como clones perfectos de una sola, me espanta toda posible fantasía sobre una manzana. Asusta. Supongo que en algún punto aprendimos que lo que tiene o tuvo vida (?) nunca es homogéneo. Que si lo es hay que desconfiar, como de las caras que se parecen entre sí por cirugía plástica.

Listo, las calorías exactas para Ud., Dr. Chandra, su pausa de ingestión ha concluído, puede continuar con sus tareas.

Crecí suponiendo que en el futuro, más o menos por ahora, la comida iba a ser como la de los astronautas. Me imaginaba comiendo de unos tubos con pasta, algunas pastillas, barritas y jarabes de colores. Uno crece para comprobar que todas las hipótesis sobre el futuro son falsas. Hoy la comida del espacio intenta parecerse más a la gourmet de algún restaurant europeo. Y por mi lado, me gusta una diversidad que de chico no imaginaba. No tiene que ver con la nutrición, sino con qué le reconocemos a lo comestible para considerarlo comida. Para desearlo, saborearlo, masticarlo, tragarlo y con suerte digerirlo bien.

Simpatía por la anarquía

Domingo 25 - Mayo 2008

Aleatorio| El Día En Que Dejé De Usar Reloj| Big Bang| Normalización En La Gastronomía popular| Anarquía

Hace. Miro. Repite. Recuerdo. Repite. Aprendo. ¿Volverá a hacerlo? En lo regular podemos ponernos de acuerdo. ¿Qué pasaría si no? Si el mundo fuese completamente aleatorio. Si una mañana saliese a la avenida y, en vez de autos, caminaran elefantes blancos por el pavimento. Si en un instante la gente montara gusanos gigantes en lugar de colectivos y en otro, a continuación, dirigibles. O desaparecieran todos y sólo quedasen las palomas gordas y extremas sin nada que esquivar. Si la mujer del vestido blanco que parte su taco en la vereda, en lugar de caer sobre las baldosas mojadas, se transformara en gaviota o en martillo o en margarita y luego en mujer de nuevo antes de tocar el piso. No sería vida. Sin embargo soñamos con que somos impredecibles.

- ¿Vamos a hacer el amor? -preguntó ella.
- Si. ¿Por?
- Porque te sacaste el reloj.

Mis Memorias. Capítulo 58 : El día en que dejé de usar reloj.

Imagino el despertar de la humanidad en el momento preciso en que una mona (hipótesis personal sobre el origen del matriarcado) preguntó retóricamente al grupo : «Escuchen un momentito, ¿qué tal si en vez de levantarnos todas las mañanas y salir a juntar fruta, cada uno por su lado, salimos de una sola vez todos y juntamos para la semana? En el tiempo libre podríamos despiojarnos y aprovechar para darle al […]». Brillante.
Hay cosas que son regulares, si normalizo, las separo en grupos y las trato de la misma manera y en lote, optimizo. Más barato, más rápido, pero mucho más aburrido.
Desde ahí, de la oscuridad de la caverna primigenia, al análisis macroeconómico moderno, típico de cualquier almuerzo argentino al sol en La Parri, hay sólo un minúsculo paso evolutivo. (Midiéndolo en tiempos universales desde el Big Bang o del progreso humano efectivo, da igual de minúsculo.) Dr. Seek, clavándose una suprema napolitana con fritas, sentencia: «la globalidad provoca el fortalecimiento de lo local». Lo dejaría así si no fuese igual de cierto que todo club pequeño aspira a ser uno grande.

- Ale querida, no se entiende nada de tu cuenta en el papelito. Las filas de los platos están desparejas respecto a las de los precios y entonces no sabemos qué tiene que pagar cada uno.
- ¿Qué querés?¿Qué te dibuje las líneas con la birome también?
- Vienen unos talonarios impresos.
- Dale, regalame uno y lo uso.

Mis Memorias. Capítulo 347 : Intentos de normalización en la gastronomía popular. Ale, pronto Alejandra camarera global.

Siento simpatía por los boliches como La Parri, donde todos conocen tu nombre y no hay dos milanesas iguales. Donde la cocina es como la de mi mamá y no voy a aclarar el cómo. La globalidad va por ellos para extinguirlos. Los recrea en Palermo Wok, en serie, simulando sus estilos bodegón pero con manteles de tela limpios, menúes impresos y precios altos a la vista. Imitando el óxido al detalle y esa decoración, tan típicamente nuestra para el turista, en la que pueden convivir sin interferencias una ristra de ajos con moño rojo, la caricatura del abuelo de alguien, un corazón y hasta un cuadro de un improbable Racing campeón.
Habría un enemigo identificable si no fuera porque los bolichones reales también aspiran a crecer, a llegar a la masa, a la abstracción, al gran número que oculte las caras individuales de sus clientes detrás de una facturación anónima. Aspiran a la optimización, al producto de matricería y al trabajo sistematizado con componentes humanos intercambiables. Barato. Rápido. Pasteurizado. No puede frenarse. La Parri últimamente hace menúes del día y hasta uniformizó las mesas con sus sillas en un lujoso plástico negro. A dónde vamos a llegar.
Resistiremos por la diversidad, por conservar ese olor intenso a especias que suele flotar en medio de la anarquía. O el humo grueso que bien podría ser el de un choripan (sin rúcula).


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